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’Frankenstein’ una historia de amor

 

Frankenstein, la criatura que con el tiempo recibió el nombre de su creador, y que surgiera de la alucinada mente de Mary Shelley a inicios del siglo XIX, en el albor de la era victoriana, recibió cientos de adaptaciones, del cine al cómic, de la televisión a canciones pop. En todas ellas, el denominador común es el grotesco. La criatura es un monstruo. Quizá no sorprenda que Guillermo del Toro sea el primero en querer sacar a la creación de los sótanos del horror bizarro. Su pasado en películas premiadas como El laberinto del fauno (2006) y La forma del agua (2017) demuestra su interés por humanizar el horror, llevándolo por un camino más cercano a la fantasía. Su criatura es un ser apolíneo, arropado de musgo y hojas otoñales. Es una criatura mucho más cercana a la que soñó Mary Shelley en aquella noche de ácido que memorablemente retrató Ken Russell en Gothic, su película de 1986. Pero el film no empieza del modo más amable.

Ambientado en 1857, el inicio es visualmente impactante. Buscando llegar al polo norte, un enorme barco está encallado en las aguas del mar congelado y el capitán de la dotación danesa, un tal Andersen (Lars Mikkelsen), lucha para mantener a la tripulación en orden. Todo se calma cuando sus subalternos divisan fuego en el horizonte. Allí encuentran a un hombre moribundo, el barón Víctor Frankenstein (Oscar Isaac), quien es trasladado a la cámara del barco. Pero todo vuelve a cambiar cuando aparece en el horizonte otra figura, gigantesca. Es la enorme criatura (encarnada por el actor australiano Jacob Elordi), que llega al barco para mantener una “conversación” con su creador. Asustados, los marineros le disparan a la criatura, pero seis mueren intentando bloquear su camino. Es Andersen quien salva la situación, disparando al hielo y hundiendo a la criatura en la inmensidad del océano.

Toda esta escena, la más violenta del film, con un tono acentuado por el dramatismo de la música, no es más que un preámbulo para el flashback, que es la historia en sí: la novela de Mary Shelley. Del Toro hace un cambio formal en la narración del clásico: presenta un marco nuevo, producto de su imaginación, para contar la historia que todos conocemos. La clase magistral donde Víctor afirma la posibilidad de crear vida (para luego ser expulsado de la academia), la alianza con un mecenas, Herr Harlander (interpretado por Christoph Waltz), el compromiso de su hermano William (Felix Kammerer) con la hija de Harlander, Elizabeth (Mia Goth), y finalmente, la criatura armada con miembros de guillotinados que cobra vida, todo eso lo cuenta el moribundo barón a Andersen en la cámara del barco, hasta que, en un pase de manos teatral que no conviene revelar, la criatura pida la palabra para contar su versión de los hechos.

Más que ningún otro artista que le haya dado forma a la novela de Mary Shelley, Guillermo del Toro busca dramatizar y polarizar el vínculo entre los dos protagonistas de esta historia. Desde su estudio en Edimburgo, Victor se proyecta como una figura megalomaníaca, egoísta, un hombre que utiliza la ciencia para alcanzar un proyecto cósmico. Su criatura, por el contrario, es pura naturaleza: es inocente y desconoce la maldad humana. Es una víctima de su propio creador, al que busca años más después (en el presente del film) para conocer las razones de su creación y los motivos de su inmortalidad (algo parecido a los eternos interrogantes del hombre, pero en sentido inverso).

En esta especie de drama shakespeariano con entorno de fantasía, el realizador mexicano se mueve a sus anchas. Incluso no teme repetirse: la idílica atracción entre Elizabeth y la criatura es un espejo del vínculo entre el hombre anfibio y Elisa Esposito en La forma del agua.

No sería impertinente decir que Frankenstein es la película más romántica de Guillermo del Toro. Por sobre las escenas de acción y la tensión dramática sobrevuela un cuidado y una atención al detalle (desde la dirección de arte hasta el diseño musical) que denotan el amor y la compasión que Del Toro siente por el personaje. Sin desdeñar el entretenimiento, su film es un rescate emotivo de la faceta menos explorada del personaje, y un nuevo punto alto en la carrera del realizador mexicano.

 

 

ROSARIO CLIMA

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