Grandes Noticias > Espectáculos

¿Cómo volvió Stranger Things 5?

 

Stranger Things, esa extraña mezcolanza ochentera entre The Goonies, It, E.T., Scanners, Firestarter, Hellraiser, The Fly, Radio Flyer, War Games, Stand By Me, Cloak And Dagger y D.A.R.Y.L., empieza a morir en pantalla y ese es quizá el mayor logro de estos primeros cuatro episodios. No es un final anunciado con fanfarria, sino un desgaste orgánico. Los personajes arrastran una década de historias y heridas, el pueblo entero parece estar acabado y la temporada final abraza por fin la idea de que, al igual que en las últimas entregas de Harry Potter, ya no está contando una historia de adolescentes, sino una sobre adultos jóvenes lidiando con la inevitabilidad de un destino final. La producción no evita la nostalgia por los 80, por lo menos en el ámbito musical (Upside Down de Diana Ross, Fernando de Abba, I Think We’re Alone Now de Tiffany), pero la usa sin mucho romanticismo y más como una clave de la trama.

A diferencia de la temporada anterior, la temporada 5 arranca con prisa y una urgencia subterránea que hace que cada escena avance con la sensación de que algo está a punto de romperse. Los personajes se encuentran en un ambiente paranoico, donde el gobierno responde con cuarentenas militares y laboratorios secretos. La llegada de Linda Hamilton como la doctora Kay funciona como un relevo frío y rotundo al legado de Brenner (Matthew Modine). La actriz de Terminator proyecta autoridad sin suavidad, Es una operadora pragmática que entiende más de lo que dice y que observa a Eleven como si fuera una variable peligrosa que debe resolverse antes de que el equilibrio colapse por completo.

Lo que ocurre en Hawkins tiene otra textura. El pueblo es una zona de guerra, sometido a militares que prometen protección mientras ocultan motivos turbios. La atmósfera es opresiva, con un tono de thriller conspirativo que la serie no había explorado con tanto control. Vecna (Jamie Campbell Bower) ya no es un monstruo remoto y aterrador sino un hombre encantador que, como el flautista de Hamelin o el payaso Pennywise, seduce niños.

Pero el corazón sigue estando en los chicos (ahora no tan chicos), que cargan con el mismo cansancio que la serie. Will sostiene la línea emocional más enigmática. Su desaparición, que durante años fue tratada como texto y subtexto, por fin se empieza a explicar de verdad. Por ahora su ambigua relación con Mike (Finn Wolfhard) no se ha retomado, pero basta con decir que Noah Schnapp entrega la actuación más introspectiva de todo el volumen 1: rota, nerviosa, trágica y lúcida.

Eleven ya se mueve en otra frecuencia. Ese es el punto. La serie ya no la trata como el arma que salva el día, sino como una niña a la que nunca dejaron crecer en paz. Su arco no está hecho de golpes telequinéticos, sino de dudas, de miedos y de sometimiento. El volumen 1 se atreve a colocarla en un terreno donde su poder no basta y donde su humanidad pesa más que sus habilidades. Millie Bobby Brown se apoya en la vulnerabilidad, no en la furia, y eso le da un ángulo nuevo al personaje.

La relación entre Jim Hopper (David Harbour) y Eleven está construida con un tipo de ternura que la serie retoma con fuerza. Hopper ya no es el sheriff brusco que adopta a una niña perdida; es un padre que reconoce que su presencia y su puesta en escenarios riesgosos también lo puede herir. Y es que Eleven ya no es la hija que busca permiso sino una joven que intenta entender si puede amar sin sentirse usada. Lo conmovedor de esta temporada es que ambos avanzan hacia el otro con paso corto y temeroso, como si ninguno confiara en su capacidad de abrir su corazón. Y aun así lo intentan. Hay escenas donde basta un silencio, una mirada o un gesto torpe para revelar que ambos desean un hogar, pero no saben si todavía pueden ofrecerlo. Las denuncias de malas relaciones entre los actores aquí no se intuyen.

Dustin (Gaten Matarazzo) es quizá la evolución más dolorosa. La pérdida de su amigo, el metalero Eddie (Joseph Quinn) lo marcó de un modo profundo. Ahora es un joven más serio, rápido para desconfiar y consciente de que la lealtad tiene un costo. Dustin vuelve a ser víctima del matoneo, su humor es escaso y ya no es su refugio natural. En varios momentos se nota que siente la responsabilidad de ser la voz racional del grupo, algo casi trágico cuando se recuerda que antes era el niño feliz que sostenía a los demás. Esa oscuridad no lo deshumaniza pero lo vuelve más maduro. Es el único que entiende que no hay victoria limpia posible.

Nancy (Natalia Dyer), Steve (Joe Kerry), Charlie (Jonathan Byers) y Robin (Maya Hawke) asumen el rol detectivesco (dos muchachos Hardy y dos Nancy Drew). Aquí los cuatro investigan menos como adolescentes curiosos y temerosos y más como unos adultos que saben demasiado y que reconocen que no están preparados para lo que buscan. Steve y Charlie siguen siendo el alma involuntaria de la serie como un par de héroes sin pose que compiten entre sí y dos jóvenes que perdieron la inocencia hace años pero que todavía se permiten sentir cariño por ellos y por quienes lo rodean. El triángulo con Nancy regresa con un peso distinto, menos romántico y más trágico, como tres personas que entienden que quizá se necesita que uno se retire o desaparezca de la ecuación.

Robin se transforma en algo inesperado: una especie de hermana mayor para Will. La temporada juega con ese vínculo sin convertirlo en una muleta emocional. Will, que siempre cargó una pena silenciosa, encuentra en Robin un refugio natural. No porque ella tenga respuestas, sino porque él conoce su secreto y ella le muestra que ser diferente no es una desventaja. Es una forma distinta de sobrevivir.

Joyce (Winona Ryder), por su parte, evoluciona en una figura maternal que el grupo ya daba por sentada, pero la serie ahora la presenta como una mujer que eligió vivir entre el riesgo. Ella podría retirarse, exigir normalidad y protegerse, pero no lo hace. Sabe que no hay vuelta atrás y toma el rol de protectora no desde el sacrificio, sino desde la convicción. Su actitud es casi la de una aventurera que aprendió a caminar en el caos y entiende que su fuerza no está en evitar el peligro, sino en enfrentarlo con precaución e inteligencia.

Lucas (Caleb Mclaughlin), ahora con un afro a lo Kid n’Play, encuentra al fin su lugar sin necesidad de explicar quién es ni hacia dónde quiere ir. Desde la segunda temporada había sido el personaje que parecía vivir entre dos mundos: el deseo de encajar en la normalidad escolar y la lealtad al grupo que lo formó. En este Volumen 1, esa tensión desaparece. Lucas se integra orgánicamente a la pandilla, no como una pieza que faltaba, sino como un punto de apoyo que ya no necesita demostrar nada. Su madurez se siente natural. Observa más de lo que habla, interviene cuando importa y, en cierto modo, se convierte en la brújula moral de un grupo que empieza a fragmentarse por el desgaste emocional. Él es ahora, y no Dustin, quien recuerda que esta amistad nació en el garaje de una casa cualquiera, entre figuras de acción, bicicletas viejas y un tablero de D&D y no en una guerra interdimensional.

Erica (Priah Ferguson), la precoz hermana menor de Lucas llega más tarde, casi con el timing de un cómic que sabe cuándo entrar para cortar la tensión. Pero su incorporación funciona. Sirve como cómplice más que como reemplazo o parche. No viene a cubrir el hueco de nadie; viene a ocupar el suyo propio. Su presencia altera el equilibrio del grupo en el mejor sentido porque trae una energía distinta, más descarada, pragmática y cínica. Erica es la única capaz de decir lo que los demás no se atreven y la serie usa ese rasgo sin convertirla en un gag.

Cuando la trama necesita a alguien que rompa el silencio, que haga la pregunta incómoda o que empuje al resto a confrontar lo que está ocurriendo, Erica entra y lo hace con precisión. Su tardanza no es un defecto narrativo. Llega cuando el grupo ya está emocionalmente devastado, cuando todos son demasiado serios o culpables o demasiado asustados, y ella actúa como esa chispa que recuerda que aún hay vida, humor y rabia juvenil en un mundo que parece empeñado en devorarlos.

Entre las novedades, Derek Turnbow, interpretado por Jake Connelly, se convierte en una de las sorpresas de la temporada. No por el estereotipo del “niño gordo antipático”, sino porque el guion lo construye de manera ingeniosa. No es un alivio cómico, ni la víctima fácil, como tampoco es la mascota emocional de la narrativa. Es un preadolescente torpe y grosero pero astuto. La conversación online que se ha gestado sobre la representación nace porque Connelly no responde al molde hollywoodense tradicional, pero es ese mismo aspecto el que lo vuelve indispensable, ya que llena un vacío real de la serie y aporta una chispa que dialoga con la de Erica, aunque desde otro lugar. Su participación se roba más de un momento porque actúa con verdad, sin exagerar, sin parodia y sin pedir permiso.

Holly Wheeler (Nel Fisher), la niña olvidada de temporadas anteriores se convierte en la nueva víctima de Vecna. Holly representa a la nueva generación atrapada en un conflicto que nació antes de que pudiera entenderlo. Su secuencia es brutal porque no hay ironía, humor o nostalgia en ella. Es puro terror. Y su rescate, logrado gracias a un personaje que regresa (spoiler alert), funciona como un giro que no busca el alivio barato. Es un regreso que tiene sentido emocional, que completa un ciclo pendiente y que reabre un camino hacia el final con un peso mítico que la serie había ido construyendo desde hace años. La muerte en Stranger Things es dolorosa (Bob y Eddie), pero esta resurrección no se siente como trampa. Se siente como un fantasma regresando para concluir lo que dejó inconcluso.

Estos cuatro episodios trabajan con sombras más largas, más acción y con emociones que la serie había venido aplazando. Hay un aire fúnebre en cada rincón, pero también una sensación de despedida digna que no traiciona el espíritu original. Hawkins siempre fue un pueblo de marginados, nerds, outcasts y niños raros. Ahora son adultos que aprendieron a sobrevivir, pero no a sanar (por lo menos no todavía). Y esa es, quizá, la tesis secreta de esta temporada. Crecer no resuelve nada, solo vuelve las preguntas más difíciles.El Volumen 1 no intenta cerrar el relato; sino lo prepara. Cava el terreno emocional, afloja la estructura, sugiere que todo está por derrumbarse antes del golpe final. Y lo hace con la mezcla justa de terror, épica íntima y melancolía ochentera. Stranger Things, después de una década de monstruos, laboratorios, guitarras y pérdidas, finalmente entiende lo que significa despedirse. Esperemos que los hermanos Duffer nos tengan preparado un final tan épico, poderoso y encantador como una canción de Metallica o Kate Bush.

 

ROSARIO CLIMA

Recientes